Aprender a quedarme
Sobre una Navidad en calma y la certeza de que hay más de una casa posible.
No sé qué día es hoy. Me encuentro en medio de esos días entre el 24 y el 31 de diciembre en que el tiempo parece suspendido. En un limbo de silencio, pijamas y medias gruesas, café y chocolate, y un tour sin remordimientos por plataformas de streaming. Las ventanas permanecen cerradas, la calefacción se enciende de a ratos. Revisito pasajes de mis libros favoritos. Intento terminar alguno, sin afán. No tengo nada pendiente. El fantasma de la productividad no me acecha.
Lo que sí sé es que es el quinto diciembre. La quinta Navidad. Iba a decir “la quinta Navidad lejos de casa”, pero me sorprendió la sensación de que esa frase ya no me encaja. ¿Lejos de casa? Si aquí vivo, respiro, trabajo, construyo vínculos, reúno a mi gente. ¿No es esta también mi casa?
Llevo varios días intentando escribir algo sobre la Navidad atravesada por el exilio. Cada intento ha sido infructuoso. Me he estrellado una y otra vez con la frustración de que no me sale nada. Me rindo. Vuelvo a intentar. De repente me descubro escribiendo una épica de mis navidades cuando era niña: enumerando mis regalos favoritos, recordando a mis abuelos, extrañando a mi perro. Y termino borrándolo todo porque no encuentro el sentido. Giro el timón. No es por ahí.
Estoy en un terreno llano que se me hace desconocido. Mi cuerpo está cómodo y descansa sobre una certeza mansa. No hay drama. No siento que camino contra el viento salvaje por una cuesta empinada, ni que me falte el aire, ni que el corazón se me desboque por la nostalgia, ni que me carcoma la incertidumbre. Tampoco siento que, si estuviera en mis posibilidades, me subiría al primer avión de vuelta. ¿De vuelta? ¿Acaso estoy en un viaje con retorno? ¿Cuánto dura este viaje?
Me levanto al mediodía. Invierto una hora, café en mano, contemplando el pálpito tenue de las luces del arbolito. Rompo el ayuno con comida recalentada que todavía queda de la cena de Navidad: una hallaca, una arepa con ensalada de gallina, otra arepa rellena del cerdo en salsa de piña que preparó mi mamá. Vuelvo a la cama a hibernar bajo cobijas calentitas.
Prendo la tele para ver qué hay de nuevo y no pasa ni media hora hasta que ya me está viendo ella a mí mientras yo ronco bajito. Me vuelvo a levantar a buscar más café y algún trocito de torta que quedó del cumpleaños. Me asomo por la ventana y veo una cama espesa de nubes grises que no deja pasar el sol. No aguanto más de dos minutos pues el frío me golpea los cachetes. Se empañan los vidrios. Ya entrada la noche, me digno a darme un baño con agua tibia para descongelarme los huesos y cambiarme la pijama por otra limpia.
Mientras me baño pienso en lo extrañas que se sienten ahora estas partes de mi cuerpo que ya no duelen. Me toco donde sé que tuve heridas, pero ya no sangro. Constato que solo quedan cicatrices. Caigo en cuenta de que estoy en transición. Como cuando dejé definitivamente de plancharme el pelo y hubo un tiempo incómodo, indefinido, en el que no era ni liso ni rizado; solo raro, informe. Hasta que un día reaparecieron los bucles y entendí que no había perdido nada y que solo estaba volviendo a ser yo. Las transiciones no son solo estéticas. Y casi siempre son necesarias.
Creo que no estaba preparada para escribir desde la ausencia de dolor. Ni desde la duda. Desde este no reconocerme del todo en mis propias sensaciones. ¿Cómo se nombra el mar en calma cuando has nadado siempre a contracorriente, cuando te has sentido naufragar? ¿Cómo se escribe la culpa que aparece cuando estar tranquila luce como una forma de traición a mi propia historia?
No ha habido grandes revelaciones esta Navidad. Ni llanto incontenible ni bajones dramáticos. Ha habido normalidad. Serenidad. Compañía. Conversaciones intensas. Abrazos sostenidos que podrían aguantar el mundo entero. Algunos días hemos tenido la casa llena de gente que ha venido a hacer de este pisito pequeño una casa gigante donde, pegaditos unos con otros, cabemos todos.
No he llorado, pero sí he sentido. He extrañado, como cada día, pero siento que ya sé qué hacer con esa ausencia. Sé dónde ponerla para no tropezar con ella estrepitosamente. La miro. Le doy una palmadita. La acomodo en mi rutina.
Sé cómo volver a esos diciembres que atesoro en la memoria. Sé que puedo ponerme los audífonos y escuchar la Billo’s y las gaitas que no suenan en estas calles impávidas, cantarlas en voz baja, tamborilear con los dedos mientras voy en el autobús. Conozco el sabor que tengo que buscar cuando preparo el guiso de mi abuela. Sé con qué puedo sustituir lo que todavía no consigo, y sé también qué es lo que nunca voy a conseguir. Y estoy en paz con ello.
Aunque no puedo inventarme el sol, sé cómo acercarme al calor del hogar que me vio crecer.
Y si esto es casa y el cuerpo ya lo sabe, ¿qué cambia? ¿Qué viene después del duelo?
Tal vez más perspectiva. Tal vez la oportunidad de aprender a vivir de otra manera. Agudizar los sentidos para escuchar eso que ya no grita y que me va transformando en silencio. El exilio convertido en un susurro cálido. Acomodarme a la idea de que hay más de una casa posible. Tal vez aprender a quedarme.
Quiero agradecerte por estar aquí. Este año volví a escribir. Salí de la urgencia. Me atreví a nombrar lo que vivo y lo que siento, sin pretensiones, solo desde la necesidad de sacármelo del pecho y de encontrarme con otros a través de esas experiencias que a veces creemos que solo nos pasan a nosotros.
Quería sentirme acompañada y que pudieras encontrar en estos textos ese abrazo necesario. Abrí mi herida migrante y la puse en palabras. Y entre quienes, como tú, leyeron, compartieron y dejaron algún comentario, me ayudaron —sin saberlo— a sanar.
Les deseo un 2026 tranquilo.
Que les sepa a hogar, estén donde estén.




Qué loco que también hay que aprender a estar bien. Te abrazo, querida. Que todo siga estando en calma ☺️
Feliz año nuevo para ti.
Leo esto y pienso en el deseo "Les deseo un 2026 tranquilo". Venezuela volvió a sacudir esa sensación de "¿qué hago si ya no tengo que nadar a contracorriente?". Igual, es nuestro deber, o eso quiero creer, buscar mantenerla, abrazar el sosiego.